“El crítico es semejante al actor” De Francesco De Sanctis (Ensayos críticos)

Nell’arco complesso delle esperienze in rete ispirate alla diffusione della letteratura, le traduzioni dei testi letterari sono essenziali veicoli di diffusione di là dal ristretto stagno italico. Per tali motivi che, con l’indispensabile contributo del giovane traduttore JOSÉ DANIEL HENAO GRISALES (Medellín, Colombia) e di alcuni amici italiani, cercheremo di tradurre in spagnolo (una delle lingue più diffuse al mondo) brevi antologie poetiche di autori contemporanei, creando così una piccola collana di poeti tradotti in spagnolo.

Stiamo lavorando intorno all’idea e su un poeta italiano. Avrò modo di dirvi di più nelle prossime settimane.

Nel frattempo, Retroguardia pubblicherà frammenti di saggi e racconti tradotti in spagnolo da JOSÉ DANIEL HENAO GRISALES.

Comunque, partiamo con l’idea di farci guidare dal puro disinteresse. Chiunque desideri dare una mano e/o segnalarci raccolte poetiche di indiscusso valore, ci scriva.

Di seguito il primo contributo di José Daniel Henao Grisales.

f.s.

 

 De F. De Sanctis.

[Traduzione di José Daniel Henao Grisales ]

 [QUI] potete leggere il testo italiano già pubblicato su Retroguardia.

 
“El crítico es semejante al actor: ambos no reproducen simplemente el mundo poético sino que lo integran, llenándolo de espacios. El drama te da la palabra pero no el gesto, no el sonido de la voz, ni siquiera la persona; de allí la necesidad del actor. Si le cortas a la poesía dramática la representación, permanecerá como un género manco e imperfecto. Lo semejante está en la crítica. Se han escrito disertaciones que prueben su inutilidad. ¡Ay Dios mío! La crítica brota del seno de la poesía. No existe la una sin la otra. Comenzad por tanto a destruir la poesía.
El libro del poeta es el universo; el libro del crítico es la poesía: es un trabajo sobre otro trabajo. Y como la poesía no es una simple interpretación, ni una explicación filosófica del universo, así el crítico no puede  simplemente exponerla  ni reflexionarla por ahí. No es esto y no es aquello. ¿Qué cosa es entonces? Pues lo más natural de este mundo: el acto mismo que hace el lector.
¿Y qué cosa hace el lector? Abrir el libro y leer. Y cuando la imagen comienza a ponerse en movimiento, cuando se encauzan adelante tres o cuatro figuras poéticas, y el cuarto se transforma en un jardín, en una cueva que yo conozco encantado, exitoso y embrujado. Tú ves el mismo mundo que brilla delante del poeta.  
Y mirad: esto que  veis no es sólo aquello que está expreso en el libro, sino muchas otras cosas, en parte asociadas con la visión, con lo accidental, lo mutable y según el estado de ánimo en el que te encuentres.
En el lector por tanto, ocurren dos hechos: la impresión que le viene del libro, y la contemplación ingenua, irreflexiva del mundo poético. Poned todo eso en el papel, y allí nascerá una descripción del mundo imaginado del poeta, mezclada de impresiones, de observaciones y sentimientos, donde se mostrará todavía la personalidad del lector. 
Me atrevo a decir que esta especie de crítica servirá más a formar la educación estética de un pueblo, que todas las teorías. Si tres o cuatro hombres tuvieron la feliz inspiración de hacer las lecturas de esta manera, despertaron en el alma ruda y áspera de las multitudes, un sentimiento de dignidad y delicadeza que ha fructificado.
La mayoría de los lectores permanecieron un momento para contemplar aquel mundo, dejando que este fuera por sí mismo y no se guardaron de él una imagen confusa.  Delante del libro permanecieron pasivos, se abandonaron al fruto de sus impresiones y de allí se enfriaron y se distrajeron.
Supongamos un lector que tenga el instinto de la crítica: no permanecerá en esas primeras impresiones; al contrario, sumergiéndose en la visión, de los pocos fragmentos del poeta, compondrá todo un mundo.
Esta manera de la crítica se da entre pocos. Los pedantes se contentan con una simple exposición, obstinándose en las frases, los conceptos, las alegorías, en esto o aquello particularmente, como aves de rapiña en un cadáver. Los filósofos la estiman debajo sí misma, y mientras se mueve, discuten gravemente sobre el principio y las leyes del movimiento; y, mientras leen y los oyentes se enjugan los ojos, ellos piensan en la definición de lo bello. Los más grandes se acercan a una poesía con ideas preconcebidas; quién piensa en la moral, quién en la crítica, quién en la religión, quién en Aristóteles, quién en Hegel. Antes de contemplar el mundo poético, lo han juzgado; le imponen sus propias leyes en lugar de estudiar aquellas que el poeta les ha dado.
La crítica ha recorrido ya mucho camino y está pronta a tomar una concepción poética en sus momentos esenciales. Es un trabajo espontáneo en el poeta, espontáneo en el crítico. El poeta puede prepararse si lo quiere con una larga meditación, de la cual se vean los vestigios en el diseño, en el tejido, en los caracteres y a menudo en el último trazo. Pero esto que allí vive en su concepción es obra de algunos momentos fugitivos que a veces no retornan más. El crítico por su parte, puede disponer de su oficio con grandes estudios, de los cuales aparezcan las huellas de las observaciones, de las distinciones, de los paralelos, etc. Pero aquella seguridad en los ojos, con la cual una poesía sabe aferrarse a la parte sustancial y vívida, la encontrará sólo en el calor de una impresión franca e inmediata.
A este trabajo espontáneo se le une un trabajo reflexivo. Descansado en el primer fervor, si el crítico es todavía de genio filosófico, teniendo ya delante de sí, el mundo poético en su verdad y en su integridad, sólo allí puede preguntarle: ¿qué cosa eres tú? ¿Qué cosa es aquel que te ha creado?
-¿Qué cosa eres tú? Se puede entonces determinar su significado, el valor del concepto que lo informa, considerarlo por respeto al tiempo y al lugar donde ha nacido; asignarle su espacio y su trascendencia en la historia de la humanidad,  en el camino del arte, y contemplar sus leyes en las leyes generales de la poesía.
-¿Qué cosa es aquel que te ha creado? Y me determinará la extensión y la profundidad de su ingenio, sus facultades, sus predilecciones, sus prejuicios, las cuerdas que resuenan en su alma, y aquella que falta o ha sido rota. El influjo que sobre él ha tenido el tiempo, su nación, la crítica, la filosofía, la religión, el arte. Esto que en él es de espontaneidad y de reflexión, de originalidad y de imitación. Y conocido el hombre, puede acompañarlo en el acto de la concepción, y mostrar cómo bajo su mirada amorosa se ha ido formando, poco a poco, el mundo que despierta admiración.
Crítica perfecta es aquella en la que estos momentos se concilian en una síntesis armoniosa. El crítico debe presentar el mundo poético recreado e iluminado por él a plena consciencia, de modo que la ciencia pierda allí su forma doctrinal, y sea como el ojo que ve los objetos y no se ve a sí mismo. La ciencia como ciencia es filosofía, no es crítica”

[F. DE SANCTIS, Ensayos críticos, Vol II, Bari, laterza, 1957, pp.84 sgg.]

 

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